El sabueso tinajero: un plebeyo

Hagamos que el Fino Colombiano sea patrimonio cultural de nuestro país
abril 23, 2017
Por: Chejo Marín
Mi abuelo materno, quien nació a finales de 1890, me contaba que tuvo una pareja de perras llamadas pianola y campana, si sus nombres hacen referencia a sus cualidades debieron tener muy buena voz. El perro tinajero, no obstante su belleza, funcionalidad, lealtad y practicidad, jamás, gozó de buen nombre, fue relegado por los perros de pedigrí importados de Europa, sin embargo en las monterías era él quien trabajaba para hacer quedar bien a su amo, quien a su vez sacaba pecho, no con los tinajeros, sino con los de pedigrí, en otras palabras, el tinajero no perteneció a la realeza, más bien permaneció siendo plebeyo durante dos o más siglos. Nunca sacaron tiempo para llevarlo al club canino por estar ocupado en su trabajo de guardián, rastreador, levantador y de presa; nunca conoció el club canino porque tuvo que jugar con los niños del administrador de la finca o del patrón, nunca fue fotografiado porque no era digno gastar películas fotográficas en plebeyos habiendo canes del virrey o del encomendero en los alrededores, porque era un perro barato cuya distribución se logró regalándoselo al peón del lado, al vecino necesitado; nunca ocupo un aviso clasificado del periódico porque no tuvo dolientes que ofrecieran un peso por él, porque fue considerado de muy poco valor económico o en la mayoría de los casos sus dueños eran campesinos muy pobres, quizá analfabetas y miserables, tan plebeyos como el tinajero. Sin embargo, podemos interrogar a los cazadores del club si lo han visto por ahí, y que nos den sinceramente su impresión del más plebeyo de los perros, con la absoluta certeza de obtener respuesta positiva.
Pero no haber llevado el tinajero a la ciudad con la realeza se convirtió en su mayor escudo y lo sigue siendo, trabajar con el campesino (bajo diferentes connotaciones) en todas las regiones de este mosaico de climas es lo que lo ha mantenido vivo, trabajar no con mediocridad sino con entereza, con el miembro más eficaz e indispensable de la manada: El campesino, su familia y sus sabuesos.
En los Santanderes se habla del tinajero, en la costa Caribe lo llamamos Chapolo, en Antioquia Guartinajero y Bramador, en los Llanos le dicen lapero, y en el resto de Colombia se le llama Fino: fino por su pelo, su piel, sus orejas, su olfato, su fenotipo, por su lealtad con los niños. Un plebeyo digno de cualidades finas, presente en el subconsciente de los adinerados y el mejor amigo del campesino olvidado por el estado en los rincones de la geografía colombiana.

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